No estoy para recordar. Lo hago, pero no me hace bien. No creo poder llegar aún a ese estado mental en el cual la memoria deja de lastimar y nos hace sonreír.
No, no puedo. Duele y mucho, porque creo que los momentos intensos solo pueden dejar un recuerdo de tal calibre... intenso. Como miles de pequeñas espinas punzantes, agudas; penetrando todo mi cuerpo que cada día pareciera volverse más frágil y pequeño, más quebrantable, más vació. Espinas que no debo tocar porque cuando lo hago, mi cerebro reacciona y me dice "esto duele" Así es. Lloro, grito, tiemblo, lloro otra vez. ¿Pero como lo hago? ¿Como puedo evitarlas si están en cada parte de mi?. Están dispersas en mi camino, en todos mis caminos posibles. ¿A donde ir?
Espinas interminables, infinitas, eternas. Incrustadas en cada órgano vital y traicioneras. Porque cada espina es un recuerdo y cada recuerdo un dolor; y el dolor es solo eso... dolor y nada más, dolor que no mata, que ahorca y aprieta y continua y no mata; de ninguna manera mata. Condena.
No entiendo, no quiero; no puedo entender.
No lo voy a entender nunca.